Romance de los capitanes blanditos


Don Luis de Góngora y Argote nos ofrece un romance fronterizo sobre un episodio en el que intervienen dos capitanes que nos parecen algo raritos y nos dan mucho que pensar. Como la crítica literaria hasta ahora no se ha pronunciado al respecto (vamos, que no ha dicho ni «mu» sobre el tema, aunque el romance ya tiene tres siglos largos), nosotros lo analizaremos con la desfachatez y la imprudencia que nos caracterizan y ustedes juzgarán si alguno (o los dos) de los capitanes susodichos era sospechoso o no.

Dice el romance (que no tiene ni título, porque el Góngora era más vago que otra cosa):

Entre los sueltos caballos
de los vencidos cenetes,
que por el campo buscaban
entre lo rojo lo verde,

aquel español de Orán
un suelto caballo prende,
por sus relinchos lozano
y por sus cernejas fuerte,

Nos hacemos una idea. Los cristianos les han arreado a modo a los sarracenos y han puesto la campiña toda perdida de sangre. Aun así los caballos buscan la hierba.

(Nótese la vagancia ya apuntada del poeta, que no recuerda la palabra ‘hierba’ y, por no hacer un esfuerzo de memoria pone ‘lo verde’ y se queda tan pancho.)

El «español de Orán» sería argelino, lógicamente. Aquí Góngora patina, pues obviamente quiere referirse a un cristiano.

También pensamos que con lo de «prende un caballo» querría decir que lo coge, no que le prende fuego. Pero eso son digresiones que no añaden nada a la tesis que pretendemos demostrar.

Seguimos.

para que le lleve a él,
y a un moro captivo lleve:
un moro que ha captivado,
capitán de cien jinetes.

Aquí es cuando empezamos a no entender qué pretende el cristiano. La cosa es harto sospechosa, porque cuando vences la batalla o bien matas a los vencidos o los haces prisioneros en bloque, atándolos con cuerdas y llevándolos todos juntos. El hecho de que el capitán español insista en llevar preso personalmente al moro, cuando sus soldados podían haberlo hecho perfectamente, es ya harto sospechoso.

Además, ¿no se nos ha dicho que hay «sueltos caballos»? ¿Por qué coge sólo uno para tener que montarse con el moro, muy juntitos los dos sobre la montura, en vez de coger dos e ir ambos tan cómodamente? Esto nos mosquea un poco.

El moro no protesta. Se conoce que acepta con deportividad que ha sido vencido y se resigna a lo que le pueda pasar.

En el ligero caballo
suben ambos, y él parece,
de cuatro espuelas herido,
que cuatro alas le mueven.

El moro, como vemos, no objeta a subirse a caballo con el otro, pese a tener que apretujarse. Lo que se nos dice ahora es que no estaba con muy buenos ánimos, sino triste y deprimido (aunque, a decir verdad, el verso es ambiguo y no queda claro si el triste es un capitán, el otro o el caballo, que todo podría ser).

Triste camina el alarbe,
y lo más bajo que puede
ardientes suspiros lanza
y amargas lágrimas vierte.

Cuando el guerrero musulmán se echa a llorar como un bendito entendemos que este romance fronterizo no va precisamente de guerras, de valor y de hechos heroicos, sino de otra cosa.

Admirado el español
de ver cada vez que vuelve
que tan tiernamente llore
quien tan duramente hiere,
con razones le pregunta
comedidas y corteses
de sus suspiros la causa,
si la causa lo consiente.
Estos versos nos indican las posiciones de los protagonistas de la historia: el moro iba detrás, de «paquete», sobre el caballo, porque el otro se vuelve a preguntarle dulcemente y con cariño («con razones comedidas y corteses») por qué se ha puesto a llorar como una Magdalena.

El captivo, como tal,
sin excusas le obedece,
y a su piadosa demanda
satisface desta suerte:

«Valiente eres, capitán,
y cortés como valiente;
por tu espada y por tu trato
me has captivado dos veces.

Tras decirle al español algunas finezas, el moro confiesa que el cristiano le ha cautivado y este es el momento en que nos convencemos de que este verso está mal clasificado en el Romancero y que no es un poema bélico sino amoroso.

»Preguntado me has la causa
de mis suspiros ardientes,
y débote la respuesta
por quien soy y por quien eres.

Es sorprendente el grado de intimidad al que han llegado los dos, que sólo hace cinco minutos que se conocen y ya el moro está dispuesto a desnudar su alma ante el otro y abrirle su corazón.

»En los Gelves nací, el año
que os perdisteis en los Gelves,
de una berberisca noble
y de un turco matasiete.

El musulmán es locuaz y se dispone a relatarle su vida y milagros al español. Además, como el caballo va despacio y van a tardar mucho en llegar a dondequiera que sea que se dirigen, se lo toma con tranquilidad y lo coge desde la Prehistoria.

»En Tremecén me crié
con mi madre y mis parientes
después que murió mi padre,
corsario de tres bajeles.

Este inciso biográfico no tiene otro objetivo que permitir que el moro presuma de que su padre tenía barcos; vamos, que no era un muerto de hambre.

»Junto a mi casa vivía,
porque más cerca muriese,
una dama del linaje
de los nobles melioneses:

Parece que ya se anima a entrar en materia y que, por fin, nos enteraremos de la causa de sus saladas lágrimas. La culpa la tenía una vecinita de ésas tan monas que les complican la vida a muchos hombres.

»extremo de las hermosas,
cuando no de las crueles,
hija al fin destas arenas
engendradoras de sierpes.

Por la descripción tan negativa que hace de la chica, entendemos que el moro estaría enamorado, pero sin tenerle ninguna simpatía al objeto de su deseo.

»Era tal su hermosura,
que se hallaran claveles
más ciertos en sus dos labios
que en los dos floridos meses.

»Cada vez que la miraba
salía el sol por su frente,
de tantos rayos vestidos
cuantos cabellos contiene.

Éstos no son sino adornos líricos, porque en el barroco, si no metías en tu poema unas cuantas metáforas descriptivas sobre la belleza de la mujer, nadie te tomaba en serio.

»Juntos así nos criamos,
y Amor en nuestras niñeces
hirió nuestros corazones
con arpones diferentes.

Presos de vergüenza ajena por culpa de Góngora, preferimos no hacer ningún comentario sobre la tremenda cursilada del arpón que incluyen estos cuatro últimos versos.

»Labró el oro en mis entrañas
dulces lazos, tiernas redes,
mientras el plomo en las suyas
libertades y desdenes.

(¿Ven? Esto ya está un poco mejor y se lo aceptamos al poeta.)

»Mas, ya la razón sujeta,
con palabras me requiere
que su crueldad le perdone
y de su beldad me acuerde;

Y entonces la muchacha demuestra una vez más que a las mujeres —sean musulmanas o de Burgos— no hay quien las entienda. La desdeñosa cambia de opinión de un día para otro y se decide a concederle al capitán moro lo que suele concederse en esto casos.

El pobre hombre se lamenta entonces de su mala suerte patente:

Y apenas vide trocada
la dureza desta sierpe,
cuando tú me captivaste;
mira si es bien que lamente.

»Ésta, español, es la causa
que a llanto pudo moverme;
mira si es razón que llore
tantos males juntamente.»

Justo cuando el moro se las prometía tan felices, tiene lugar la batalla que sucede antes de que comience el verso y es apresado por el otro.

Pero Góngora inventó el happy ending mucho antes de que lo conocieran en Hollywood. Resuelve el conflicto apelando a la generosidad del español-argelino, que se ha conmovido sobremanera con el culebrón que le colocado el otro.

Conmovido el capitán
de las lágrimas que vierte,
parando el veloz caballo,
que paren sus males quiere.

Así el poeta finaliza satisfactoriamente el verso y de paso hace patria, matando dos pájaros de un tiro.
Esto es lo que le dice al capitán llorica:

«Gallardo moro, le dice,
si adoras como refieres,
y si como dices amas,
dichosamente padeces.

Aprovecha de paso para lanzarle un piropo a sus pectorales:

»¿Quién pudiera imaginar,
viendo tus golpes crueles,
que cupiera alma tan tierna
en pecho tan duro y fuerte?

Viendo que no tiene nada que hacer, el apresador se resigna y deja pasar la ocasión:

»Si eres del Amor cautivo,
desde aquí puedes volverte;
que me pedirán por robo
lo que entendí que era suerte.

Aquí queda claro que el español consideraba que había tenido mucha suerte y había hecho ilusiones.

»Y no quiero por rescate
que tu dama me presente
ni las alfombras más finas
ni las granas más alegres.

(Este verso sobra, en realidad, porque en ningún momento de la historia se menciona la posibilidad de que la chica le regale nada ni al capitán español ni a nadie.)

»Anda con Dios, sufre y ama,
y vivirás si lo hicieres,
con tal que cuando la veas
pido que de mí te acuerdes.»

Pedirle al moro que cuando vea a su chica se acuerde de él es pedirle demasiado, a nuestro entender. Pensamos que cuando el sarraceno vuelva junto a la bella tendrá otras cosas en qué ocuparse. Pero, aun así, el español le exige que este «no-me-olvides», le pide que atesore en su memoria un encuentro frustrado que no pudo llegar a más por la fuerza de las circunstancias.

Apeóse del caballo,
y el moro tras él desciende,
y por el suelo postrado,
la boca a sus pies ofrece.

El capitán vencido le besa los pies al ser liberado y el vencedor, a falta de otra cosa mejor, se tiene que contentar con ese sucedáneo.

«Vivas mil años, le dice,
noble capitán, valiente,
que ganas mas con librarme
que ganaste con prenderme.

(Ésta es la manera clásica de decir que otra cosa no, pero que como amigos, el moro está dispuesto a lo que sea.)

»Alá se quede contigo
y te dé victoria siempre
para que extiendas tu fama
con hechos tan excelentes.»

El poema finaliza con el suspiro de alivio del moro, que se ve libre de una situación harto embarazosa. Además, invita al cristiano a que siga haciendo lo mismo en otros momentos parecidos y en trances semejantes, recordándole que Alá se lo agradecerá y se lo tendrá en cuenta.

Edición de «Los tigres escondidos en la alcoba - Como mejor están las rubias es con patatas»

Enrique Jardiel Poncela es uno de los grandes comedió­grafos españoles del siglo XX. Sus obras han sido puestas en escena en todo el mundo. Su impronta como dramaturgo y humorista ha sido fundamental en la renovación del tea­tro español Su estilo ambivalente, su agudeza perceptiva, su perfecta carpintería teatral, su frescura imaginativa y su inagotable presentación de estupendos personajes le hacen único en el panorama del teatro de humor.
En este libro presentamos las dos últimas obras que escri­bió, antes de su temprano fallecimiento:
Los tigres escondidos en la alcoba es una comedia dramá­tica, de corte policíaco, que presenta un disparatado golpe que unos truhanes, muy particulares, preparan en un lujoso hotel. No todo, ni todos, es (son) lo que parece(n) en esta dis­paratada comedia que dejará al descubierto las miserias que todos arrastramos.
Como mejor están las rubias es con patatas es una hilaran­te comedia antropológica que juega con la literalidad de su título para adentrarnos en una desternillante situación antro­pófaga, muy del gusto del autor, donde más que comernos a nuestros semejantes nos alimentamos de ellos.

DAFNIS Y CLOE, LOS AMANTES TORPES













Un mito bastante raro
y plagado de incidentes
es el de Dafnis y Cloé,
que fueron dos mozalbetes
—mozalbete y mozalbeta,
que es así como se debe
decir— de la antigua Grecia
o, si quieren, de la Hélade,
que es otra forma más cursi
de decir lo mismo. Este
relato que les relato
pasó todo en Mitilene,
que es un sitio que se encuentra
en Lesbos, que está al oeste
y más cercano a Corinto
que a Varsovia o a Albacete.

El autor, Longo de Lesbos,
lo escribió mal, mas no adrede
ni aposta, sólo por falta
de talento simplemente.
Él pretendía que su cuento
supieran todas las gentes,
que su pareja romántica
tuviera tanto relieve
como Romeo y Julieta,
Cleopatra y Marco Antoñete,
Abelardo y Eloísa
o los maños turolenses,
pero no lo consiguió.
Y Cloe y Dafnis no parecen
dos amantes sino sólo
dos bobos adolescentes
que no supieron hacer
las cosas como se deben
y se pasaron los años
enamorados y célibes
por desconocer del todo
qué hay que hacer para hacer nenes
y no preguntarle a nadie.
La ignorancia es lo que tiene.

De esta historia tan estúpida,
de esta narración pedestre
se hicieron imitaciones
a montones («La Sireine»,
de Honoré d’Urfé; «The Gentle
Shepherd», de un tal Alan Ramsay,
por no mencionar la célebre
novela «Pablo y Virginia»,
de Bernardin de «Saint-Pierre»)
y también mil ediciones
(la de Courier, la de Seiler,
la de Ansse de Villoison.
la de Coraes, la de Herder,
la de Amyot, la de Piccolos,
la de Burgos, la de Kiefer
—¡ay, Dios, cuánta erudición!—
y las de Lowe y Schomberger).
En España, Juan Valera
también intentó meterle
mano al tema y lo tradujo
del griego en un periquete
usando el Google Translator
que es un invento excelente.

Pero basta de preámbulos
y comencemos ya, ¡leñe!
porque si no, no acabamos
esta historia en un trimestre.

Pues sucede que un buen día,
ya hace siglos (era jueves),
alguien deja abandonados
a dos bebés sobre el césped
y luego sale pitando
para evitar que le pesquen.
Dos pastores de familias
(¡ay, no es así, que es al vesre!)
les encuentran y prohíjan.
Vuelan los años y crecen
la niña y el niño. Ella
se ocupa en cuidar los bueyes
y él es dependiente en
unos grandes almacenes.

Pasan juntos mucho tiempo
en el campo, a la intemperie,
llevando el traje de Adán
y sin ni siquiera un suéter,
y no pasa nada, pues
andan escasos de higiene
y los recubre una costra
de mugre y así no pueden
ver sus cuerpos y excitarse
como es lógico y coherente.

Pero la situación cambia,
porque un buen día va y llueve
y ella queda limpia y él
por primera vez advierte
que su querida amiguita
Cloe está de rechupete,
que se ha tornado buenorra
con suculentos relieves
en su cuerpo. Acto seguido
Dafnis pierde los papeles
ante tan grande hermosura,
ante tantas morbideces
y cosas apetecibles,
y el muchacho se promete
que gozará tal belleza
antes del mes de septiembre,
mordiendo lo que se ponga
al alcance de sus dientes.

Empieza a hacerle la corte
comprándole cacahuetes,
obsequiándola con flores,
besándole los pinreles,
pelándole mandarinas
y cantándole cupletes.
Le repite que la adora
y le jura por Parménides
que la llevará de picnic
(en una en una gira campestre
con tortilla y con hormigas)
al Jardín de las Hespérides
(que no sabemos lo que es,
más, por el nombre, parece
que pueda ser algo griego),
más, ni aun así tiene suerte.
Cloe, con desdén, le rechaza;
vamos, le manda a la M
y el queda con una cara
como para darle el pésame.

Más pese a las calabazas
Dafnis continúa en sus trece
y prosigue su cortejo
día tras día, erre que erre,
con la esperanza secreta
de que al fin salte la liebre.
Como ponerse pesado
es un recurso que suele
acabar por dar sus frutos,
eso pasa finalmente.
Dafnis le dice a su amada
estas palabras ardientes:
«Por ti soy capaz de todo:
de regalarte un trirreme
o algo mucho más difícil,
como comprender a Hegel,
ganar el Nobel de Física,
subirme de un salto al Éverest,
hacer la declaración
de Hacienda, seguir un régimen
más de un mes, traerte del cielo
la luna o hablar vascuence.»

Al oír razones tales
Cloe renuncia a sus desdenes
y accede a participar
en retozos y deleites.
¡Eso sí es una noticia,
no los de la Agencia Efe!
Al escuchar esto, a Dafnis
se le pasa por la mente
esto: «¡Te vas a enterar
de qué es lo que vale un peine,
que voy a cobrarme el precio
de todos los cacahuetes!
Solo resta completar
ese acto al que los franceses
con su gran sabiduría
lo llaman «ֿla bagatelle».
Mas no les resulta fácil
cohabitar íntimamente
porque no saben la técnica
y son bastante zoquetes.

¿Qué pasa? Durante años
se abrazan muy insistentes
sin conseguir atinar,
por más que les avergüence.
Y si eso le añadimos
que hay ocasiones frecuentes
en que lo que ha de estar firme
se halla en cambio muy endeble
no es de extrañar el fracaso
de este idilio tan imbécil.
Sólo después de dos lustros
de frustración van y aprenden,
preguntándole a un experto,
que es quien los pone al corriente.
Los dos se entregan frenéticos
al amor y a sus placeres
pero como ambos ignoran
que eso provoca progenie
acaban teniendo dos
docenas de churumbeles.

Hitler, la historia de un malo















Como hay gentes en el mundo
que preguntan: «¿Quién fue Hitler?»
a causa de que padecen
una ignorancia sin límites
por haber hecho la ESO,
no está de más que yo explique
quién fue el Director gerente
del gremio de matarifes,
ése que destrozó Europa
por una cuestión de lindes.
¿Cómo logró ser tan malo,
teniendo cara de chiste?
No me negarán ustedes
que eso es algo muy difícil
para lo que se precisa
ser un verdadero artífice.
Pero Adolfo lo logró
porque el hombre que persiste
en cualquiera actividad
años y años consigue
ser en ella un gran experto,
como desde aquí hasta Chile
En eso de ser muy malo
fue un pirata del Caribe,
con un corazón más frío
que un día de enero en el Tíbet.
Y Hitler era alemán
—austriaco— y serlo consiste
en insistir mucho en todo
hasta conseguir tus fines.
Empecemos la semblanza
de este gigante alfeñique,
pues han de saber que era
muy bajito: un metro quince,
hecho que le hizo ahorrar mucho
al llevar la ropa al tinte.
Ya desde muy pequeñito
no destacó por humilde:
quería ser el rey del mundo
y otros planetas limítrofes.
Cuando no le obedecían
se llevaba un gran berrinche,
soltaba un taco germano
y se metía en su escondite
a poner en una lista
todos sus futuros crímenes,
que pensaba de antemano
para evitar que se olviden.
Ya de niño era maniático:
tenía por mascota a un buitre;
en comer era más sobrio
que una abadía del Císter;
se planchaba él sus camisas
e incluso los calcetines;
era, además, muy cotilla
y le pirraban los chismes;
capturaba cucarachas
y las ponía a hacer desfiles;
estuvo a punto una vez
de tatuarse en la ingle
una frase que dijera
«¡Abajo los bolcheviques!»
(aunque su madre le dio
un porrazo en las narices
que le hizo dar varias vueltas
como si fuera un derviche)
En fin, su carácter era
más oscuro que un eclipse,
una mina de carbón
o un habitante del Níger.
En su vida laboral
tuvo el oficio del líder.
Huyó del imperio austriaco
para evitarse la «mili».
Se hizo miembro de un partido
ultraderechista y pigre
y al poco se convirtió
en el amo del bochinche
y en un gran imitador
de Benito Mussolini.
Reformó el partido nazi
y se hizo amigo de Himmler,
Goehring, Goebbels y otros muchos
que se hicieron sus compinches
y a los que mandó a placer,
como si fueran sus títeres.
Allá por el treinta y tres
y tras la muerte de Hinden-
burg (el que era presidente),
Adolfo se nombró Führer
o caudillo de Alemania.
Dictó las leyes de Núremberg
y ya se volvió más facha
que la Asociación del Rifle.
Tuvo muchos seguidores,
fanatizó todo quisque,
entusiasmaba a las masas
siempre a base de faringe,
dando unos discursos largos
en que rugía como un tigre
y prometía los oyentes
un porvenir invencible,
un futuro reluciente,
un destino muy sublime
en el que los alemanes
vivirían como príncipes,
nunca pasarían penurias,
nunca cogería la gripe
y le saldrían tirados
de precio los comestibles.
La gente se lo creyó
—y es que los hay «imbeciles»—
y le dejaron hacer,
con lo que el bueno de Hitler
se hizo el amo y acabó
mandando más que un Pontífice.
Su política exterior
fue principalmente irse
quedando con toda Europa,
desde Noruega hasta Chipre,
y, tras invadirla, man-
gonear como un cacique,
matar a quien le caía
gordo, organizar desfiles
llenos de soldados con
unos trajes muy horribles,
usar a los prisioneros
para hacer con ellos chicle,
gastar millones de marcos
en bombas y proyectiles
y obligar a todo el mundo
a leer a Goethe y a Schiller.
Esto último no lo aguantan
una serie de países
y se arma una tremenda
guerra mundial, que se dice
que quizá fue la segunda
(si es que al contar no se omite
aquella Guerra Europea
de trincheras y de chinches).
A partir de aquí, señores,
ya sólo queda decirles
que ambos bandos se zurraron
todo lo que fue factible
y Hitler y sus muchachos
vieron llegar su declive,
sufrieron grandes derrotas,
muertes, heridas y esguinces.
Al final, nuestro caudillo,
al mirar cómo se extingue
el Tercer Reich, cómo llega,
después del sol, el eclipse,
tras la grandeza el ridículo
y tras del triunfo el chiste,
se deprime y se amojama
y queda al borde del síncope,
por lo que al fin se suicida
para evitar que le trinquen.
En un búnker de alquiler
(que precisa que lo pinten
porque está hecho una cochambre)
transcurren sus horas tristes.
Adolfo se hace a la idea,
coge aire, se desciñe
la pistola de la funda,
se la pone en las narices
y allá que se descerraja
tres tiros en el tabique
nasal (¡se lo merecía,
por malo! ¡Que se fastidie!)

Reseña de «Errores comunes de los escritores noveles y cómo evitarlos», de Víctor, J. Sanz




Víctor J. Sanz: Errores comunes de los escritores noveles y cómo evitarlos, Verbum, Madrid, 2017.

          Escribir consiste, indudablemente, en poner una palabra detrás de otra, pero el arte (o la técnica) de elegir qué palabra poner es algo mucho más complicado de lo que el neófito piensa. Al contrario de lo que sucede en el terreno de las ciencias, las gentes consideran que si saben escribir una carta o una lista de la lavandería igualmente podrán hacer literatura, con tan sólo añadirle un poco de imaginación o de observación de la vida. Nadie que no sea un ingeniero cualificado diseña un puente en sus ratos libres con la esperanza de que alguien se lo construya, pero muchos escriben una novela confiando en que un editor se la publicará, sin percatarse de que esta última actividad es algo que requiere tanta especialización como la primera. Por eso abundan más las malas novelas que los puentes mal hechos.
         La literatura, como todo, debe aprenderse pacientemente con muchas lecturas —buenas lecturas, porque leer a malos autores sólo perjudica el estilo y el juicio sobre la producción propia— y con la práctica continua, acompañadas por un férreo sentido crítico que le impida al autor novel encariñarse en demasía con un producto que está aún lejos de ser perfecto.
En la actualidad proliferan los talleres y los cursos donde se pretende enseñar a escribir. Sin embargo, como dijo acertadamente William Somerset Maugham, para escribir un libro, cualquier libro, hay que respetar tres reglas principalísimas; el problema es que nadie sabe cuáles son esas reglas. Esto es una gran verdad, pues si se estuviera en posesión de las claves para la elaboración de obras inmortales, tendríamos gran número de excelentes escritores y la del libro sería una industria boyante, algo muy lejos de la realidad.
Lo que hace de manera magnífica Víctor J. Sanz en este libro no es enseñar cómo escribir, sino algo muchísimo mejor: enseñar como no escribir. Porque a falta de reglas mágicas e infalibles para el éxito, la mejor opción que nos queda —y la básica y necesaria— es despojar a nuestros textos de todos aquellos errores que lo rebajan y deterioran. Si no podemos afirmar con plena certeza lo que es, definamos lo que no es.
En una lengua clara y precisa, con un planteamiento hábilmente estructurado y un vasto conocimiento del tema, el autor nos conduce por el mundo de la creación literaria y nos va advirtiendo de las trampas que de seguro encontraremos en nuestro camino, proporcionándonos el medio de evitarlas. Pone a nuestra disposición su dilatada experiencia en la corrección de textos y en la enseñanza de comunicación escrita en general.
Es un libro, pues, imprescindible para el que empieza e incluso para los escritores consagrados, ya que advierte de muchos fallos que incluso los más experimentados pueden seguir cometiendo. Ha de recalcarse como mérito indudable la sinceridad del trabajo: trata genuinamente y por entero de lo que dice que trata. Tal especificación es muy necesaria pues en otros ensayos relacionados con las técnicas de escritura lo que encontramos no es sino una repetición de las normas académicas que ya conocemos. Esto no sucede aquí, sino que se nos dan consejos verdaderos y eficaces para escribir.
Los capítulos incluyen directrices para todos los aspectos de la redacción: el planteamiento del tema, los puntos de giro de la trama, los personajes, los diálogos, los principios y finales, etc. Pero no sólo esto: una gran virtud del libro consiste en que el autor conoce bien los problemas a los que se enfrenta el escritor novel y también sus estados de ánimo. Así puede prevenirle de actitudes poco acertadas (como, por ejemplo, ser excesivamente pesimista u optimista en cuanto a la obra producida) y de prácticas desaconsejadas (como dar a leer o a corregir un manuscrito a amigos o personas no cualificadas para hacerlo). Sigue la trayectoria psicológica del escritor novel en todas las etapas de la redacción de un libro y asesora sabiamente para que con el menos esfuerzo se consiga el resultado más óptimo.
Hemos aprendido mucho de este libro y lo recomendamos como esencial para todos los enamorados de las letras.

El padre del hijo pródigo





       (Sala en una casa judía, habitada por judíos pudientes. Adornos y lujo. En escena Samuel, un hombre ancianísimo, vestido con ricos ropajes. De pronto se abre la puerta y aparece en ella un porquerizo cochambroso y harapiento, el Hijo pródigo, al que apodamos así porque nadie supo nunca cómo se llamaba. O, al menos, no lo sabía San Lucas, que fue quien contó la historia.)
           
            Samuel.—(Mirando hacia la puerta, con sorpresa.) ¡Esas narices...! No me lo puedo creer. (Reconociendo al recién llegado.) ¡Hijo de mis entrañas!
            El hijo pródigo.—(Con un tono más falso que Judas Iscariote.) ¡Padre adorado! (Se abrazan. El viejo empieza a llorar.)
            Samuel.—¡Hijo mío, hijo mío!
            El hijo pródigo.—(Con frialdad.) Padre, me estás mojando la túnica y es la única que tengo.
            Samuel.—Es por la alegría de verte. ¡Tantos años...! Pero, ¡qué mal aspecto tienes!
            El hijo pródigo.—La vida... Ya sabes. (Le aparta de sí.)
            Samuel.—¿Y has vuelto?
            El hijo pródigo.—(Sin prestarle mucha atención y echando un ojo a la habitación, como tasando los muebles.) Claro que he vuelto, ¿no me ves?
            Samuel.—(Enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.) ¡Qué júbilo tan grande!
            El hijo pródigo.—He venido en cuanto he sabido la triste noticia.
            Samuel.—¿Qué noticia?
            El hijo pródigo.—Pues ésa: la triste noticia.
            Samuel.—No te entiendo, pero es igual; desde que te fuiste todas las noticias fueron tristes para mí. Abandonaste nuestro hogar y a tu familia. Te fuiste a tierras lejanas a vivir en el libertinaje.
            El hijo pródigo.—Tanto como en el libertinaje...
            Samuel.—Eso me dijeron los que supieron de ti.
            El hijo pródigo.—No tenías que haberles hecho caso. Es que la gente es muy mala y le gusta malmeter. Y hay algunos tan puritanos que a tomar dos veces café ya lo llaman libertinaje.
            Samuel.—Me dijeron que frecuentabas la compañía de malas mujeres.
            El hijo pródigo.—Es que las malas mujeres, al final, te acaban saliendo más baratas que las mujeres honradas, padre.
            Samuel.—Me pediste cuentas. Te llevaste tu parte de la herencia... Por cierto, ¿la invertiste sabiamente?
            El hijo pródigo.—Sí; no, bueno, es decir... no tuve mucha suerte, la verdad.
            Samuel.—Lo que importa es que ya has vuelto para no marchar jamás.
El hijo pródigo.—Eso parece el cantable de una romanza de zarzuela.
Samuel.—¿Ya no abandonarás nunca a tu anciano padre, no es así?
            El hijo pródigo.—Esto... Sí, puede decirse que me quedaré ya a tu lado hasta que te mue... todo el tiempo. Por cierto, ¡qué bonita alfombra!
            Samuel.—¡Qué alegría! ¿Y qué más me cuentas?
            El hijo pródigo.—Hay algo que debo decirte. (Hablando de carrerilla y en tono monótono, pues se ve que son unas frases que tiene ensayadas:) Padre: pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo; trátame, pues, como a uno de tus jornaleros.
            Samuel.—No hacía falta que lo dijeras, pero reconozco que te ha salido muy bien. Doy las gracias al cielo que me ha devuelto a este hijo perdido. Estuviste muerto y volviste a la vida.
            El hijo pródigo.—Muerto exactamente, no: sólo tuve la tosferina. Pero ya me curé.
            Samuel.—(Mirando al cielo.) ¡Gracias, Señor!
            El hijo pródigo.—(Aparte. Contemplando a su padre con ojo clínico.) Me han informado bien. Mi padre no dura ya ni una semana. He sido muy oportuno en volver a recoger todo lo que deje. No le quedan ya ni dos pregones. (Alto.) Entonces, padre, ya no estás enfadado conmigo por haberme marchado.
            Samuel.—Mi corazón sabe perdonar.
            El hijo pródigo.—Y aquello que me dijiste cuando me fui... ya sabes: lo de que me desheredabas, ¿lo dirías en broma, no es así?
            Samuel.—Lo dije muy en serio.
            El hijo pródigo.—¡Vaya!
            Samuel.—Pero ahora mi enfado se ha apagado; sólo siento amor por el hijo que vuelve al redil.
            El hijo pródigo.—(Aparte.) ¡Menos mal! (Alto.) ¿Podemos, pues, dar por acabada aquella disputa entre un padre y su amante hijo?
            Samuel.—¡Acabada!
            El hijo pródigo.—¿Y me firmarás un papelito? ¿Un papelito donde diga que me desrepudias y que vuelvo a ser tu heredero?
            Samuel.—Lo haré de mil amores, porque tu vuelta ha alegrado mis días.
            El hijo pródigo.—Entonces, ¿puedes firmar eso ya, para quitarnos de encima ese delicado asunto y pasar a otras cosas?
            Samuel.—Sí, pero ya habrá tiempo. ¿No querrías antes comer alguna cosa? Me dijeron que te alimentabas de algarrobas. ¿Es eso cierto?
            El hijo pródigo.—Sí, pero, las algarrobas son muy buenas para la salud. Tienen muchas proteínas, además de calcio, hierro y fósforo. Anda, firma.
            Samuel.—¡Tengo una idea! ¡Esta noche podemos hacer un cabrito asado en tu honor!
            El hijo pródigo.—No te molestes en  hacer el cabrito, padre. No tengo nada de hambre. He picado algo por el camino. Fíjate, aquí, encima de la mesa hay papel, pluma y tinta.
            Samuel.—¿Y una fiesta? ¿Te apetece que hagamos una fiesta para celebrar tu regreso? Habría música, bailaríamos...
            El hijo pródigo.—Padezco de enoclofobia, padre.
Samuel.—Ya sabía yo que las malas mujeres no te traerían nada bueno.
El hijo pródigo.—No es lo que estás pensando. Mi enoclofobia significa que no aguanto a las gentes ni a las aglomeraciones.
Samuel.—¡Ah!
El hijo pródigo.—Venga, acaba ya con el papelito dichoso.
            Samuel.—¡Voy! ¿Y no querrías asearte un poco?
            El hijo pródigo.—Si no estoy sucio.
            Samuel.—Perdona que te corrija, hijo querido, pero despides un olor tal que cualquiera que te oliera te tomaría por un fariseo.
            El hijo pródigo.—Ya me bañaré más reposadamente, padre. Mira, siéntate aquí: estarás más cómodo para escribir. Yo te mojo la pluma, si quieres.
            Samuel.—¡Qué amable! Siempre fuiste el preferido de mis dos hijos.
            El hijo pródigo.—(Apremiándole.) Sí, sí, muchas gracias. Ahora escribe.
            Samuel.—(Sentándose y disponiéndose a escribir el testamento.)  «Yo, Samuel, hijo de Neftalí y nieto de Aser, de la tribu de Leví...» ¿‘Dispongo’ lleva hache intercalada?
            El hijo pródigo.—(Impaciente.) ¡Pero cómo va a llevar hace intercalada!
            Samuel.—Pues a mí me suena que sí la lleva.
            El hijo pródigo.—(Irritado.) ¡Bueno, pues entonces ponla, pero date prisa!
            Samuel.—(Escribiendo.) «Dhispongo que toda mi fortuna...» ¡Huy! He echado un borrón.
            El hijo pródigo.—No importa, tú sigue.
            Samuel.—Sí que importa, que la tinta se puede correr. Voy a por papel secante. (Samuel hace mutis, llevándose en la mano el documento. El Hijo pródigo se pasea nervioso por la estancia. Se fija en unos candelabros de oro.)
            El hijo pródigo.—¡Hum...! Estos candelabros deben de valer un montón. (En la puerta aparece su hermano, Isaac.)
            Isaac.—(Con malos modos.) ¿Qué haces tú aquí?  (El Hijo pródigo se queda patidifuso al verle.)
            El hijo pródigo.—¡Isaac, estás vivo!
            Isaac.—Y tú eres un vivo. (Burlándose.)  El hijo pródigo... (Pensativo.) Por cierto, que ese nombre está muy mal puesto, ya que ‘pródigo’ significa «generoso» y tú eres todo lo contrario.
            El hijo pródigo.—Alguien me informó de que habías muerto.
            Isaac.—Pues te informó mal. Te has debido de confundir con un vecino de aquí cerca que sí se murió y que se llamaba como yo.
            El hijo pródigo.—¡No es posible?
            Isaac.—¿Que no? ¿Tú sabes cuánta gente se llama Isaac en este pueblo? Casi no cabemos todos.
            El hijo pródigo.—(Con un tono de gran frustración.) Pues no sabes cómo lo celebro.
            Isaac.—No te creo una palabra.
            El hijo pródigo.—¿Es que no te alegras de mi regreso, hermano?
            Isaac.—¿Alegrarme? Al llegar os he oído hablar. Conque iba a asar un cabrito para celebrar tu vuelta, ¿no es así? ¡Miren al señorito! Yo llevo veinte años trabajando el campo como un borrico y obedeciendo en todo a nuestro padre, que está insoportable por la edad y nunca me deja asar ni un pollo, no digamos un cabrito, ni siquiera en mi cumpleaños. Es un tacaño de marca mayor. Y ahora llegas tú con tus manos limpias y... (Mirándole.) bueno: eso de las manos limpias lo he dicho por la velocidad adquirida. El caso es que... (Se oye entonces un gemido lastimero que proviene del interior. Ambos corren hacia dentro y, tras una larga pausa, vuelven a aparecer en escena. Isaac lleva el documento en la mano.)
            Isaac.—¡Padre ha muerto!
            El hijo pródigo.—(Consternado.) ¡Ha muerto!
            Isaac.—Le llegó su hora. Era muy anciano. Vivió una larga vida y ya sólo queda recordarle con amor y honrar su memoria.
            El hijo pródigo.—¿Y el testamento?
            Isaac.—Aquí lo tengo.
            El hijo pródigo.—(Esperanzado.)  ¿Lo firmó?
            Isaac.—(Leyéndolo con detenimiento.) Parece ser que sí.
            El hijo pródigo.—¿Me deja como heredero?
            Isaac.—(Leyendo.) Efectivamente.
            El hijo pródigo.—(Contento.) Entonces mi regreso no ha sido en vano.
            Isaac.—Yo no estaría tan seguro. (Isaac rompe el testamento en pequeños cachitos, mientras el Hijo pródigo pronuncia la frase que todos estábamos esperando.)
            El hijo pródigo.—Si lo sé, no vengo.
TELÓN