EL LIBRO MALDITO




Descubrimos en una estantería de algún sitio un libro con el inquietante título de LOS 1001 LIBROS QUE HAY QUE LEER. Las palabras «antes de morir» no están impresas con tinta, pero da lo mismo: lo están de manera imperceptible e implícita y parecen flotar alrededor del libro.

Entonces, nos entra la prisa (no te parece que te vaya a dar tiempo) y, a la vez, se nos general dudas: ¿Habría que evitar leer los títulos que no estuvieran en esa lista? ¿Morirías al acabar de leer el último? ¿Para qué nos serviría tanta erudición cuando estuviéramos con un pie en el otro barrio?

Ahora bien: ¿cuántos libros puedes echarte al coleto a un ritmo normal sin dejar de hacer esas cosas que tienes que hacer todos los días, como dormir, trabajar o cepillarte los dientes? Baltasar Gracián recomendaba leer un libro al día, pero lo dijo porque él era aragonés.

Hay libros muy gordos. Dándose prisa, pongamos... ¿quince días para cada uno, contando con los días que estás enfermo o de viaje y no te da tiempo a leer nada? Eso son cuarenta años de lecturas, tirando por lo bajo. Si somos viejos, la pregunta es: ¿viviremos tantos años? Y si somos jóvenes: ¿aguantaremos tantos años leyendo y sin hastiarnos?

Bueno, concedamos que unos leerán más deprisa y otros, más despacio.

Nos intriga saber cuánto han tardado los dos autores en leérselos ellos y en reseñarlos. Pero, ¡oh, desilusión! No es un libro escrito por dos señores, sino por una legión de señores. ¡Así cualquiera! Los que figuran como autores son sólo los coordinadores de muchísimos otros (que habrán efectuado un provechoso «corta y pega» de acá y acullá). Es muy posible que nadie se haya leído ninguno de los títulos que se recomiendan y se hayan limitado a escanear el texto de la contraportada al tiempo que insertaban la foto.

Otro aspecto que se nos viene a la cabeza es el criterio de selección de los libros. Nosotros somos muy puñeteros en cuanto al principio de autoridad. ¿Y si el ejército de antólogos o seleccionadores fueran un hatajo de cretinos (cosa muy posible) y hubieran hecho una elección pigre (cosa más que probable)? ¿Deberemos pasar nuestros próximos cuarenta años leyendo bodrios infumables elegidos por una panda de ineptos? Es para pensárselo con detenimiento, ¿no creen?

Así es que decidimos ver con qué títulos hemos de culturizarnos antes de que tenga lugar nuestro óbito. Abrimos el libro por una página al azar y nos encontramos con la recomendación de que hay que leer impepinablemente LA SOMBRA DEL VIENTO, de Ruiz Zafón, un reciente best-seller. ¿Es uno de los 1001 mejores libros de la historia de la literatura? En puridad, no sabríamos decirlo.

Pero entonces acudimos al índice, a cotejar este posible monumento literario con otros que nos consta que sí lo son y nuestro estupor es mayúsculo.

LOS HERMANOS KARAMAZOV, de Fiódor M. Dostoyevski, no está en el índice. ¿Cómo es posible? Bueno, puede ser un olvido más o menos perdonable, un error humano al fin y al cabo.

LA PRIMA BETTE, de Honoré de Balzac, tampoco figura.

Ni LA REBELIÓN DE ATLAS, de Ayn Rand.

Ni GOG, de Giovanni Papini.

Ni LOS OJOS DEL HERMANO ETERNO, de Stefan Zweig

Ni BAJO LA RUEDA de Herman Hesse.

Ni EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA de Gabriel García Márquez.

Ni LA METAMORFOSIS, de Franz Kafka.

Ni EL CRIMEN DE LORD ARTURO SAVILLE, de Oscar Wilde.

Ni LA «TOURNÉE» DE DIOS, de Enrique Jardiel Poncela.

Ni DON CAMILO, de Giovanni Guareschi

Ni EL DIABLO COJUELO de Luis Vélez de Guevara.

Ni LOS SUEÑOS, de Francisco de Quevedo.

Ni LOS SANTOS INOCENTES, de Miguel Delibes.

Ni JUAN CRISTÓBAL, de Romain Rolland.

Ni LAS UVAS DE LA IRA, de John Steimbeck.

Ni...

Ni...

Ni...

¡¿Pero qué porquería de selección es ésta?!

¡Horror! Ahora nos damos cuenta, además, de que no hay absolutamente ningún libro de poesía en esta lista. ¡Adiós, Góngora, Bécquer, Keats, Shelley, Whitman, Rimbaud, Gibran, Machado, Darío, Lorca, ya no os leeremos más, pues no nos quedará tiempo para vosotros!

Tampoco hay libros de teatro. ¡Aristófanes, Shakespeare, Lope, Calderón, Molière, Schiller, Ibsen, Bernard Shaw, perdonadnos nuestra infidelidad!

Ni de filosofía y pensamiento. ¡Montaigne, Voltaire, Nietzsche, Schopenhauer, Russell, nunca más nos volveremos a encontrar en este bajo mundo!

O sea, que estamos totalmente en manos de unos buenos señores que —no se sabe con qué autoproclamada autoridad— nos dicen en diversos libros elaborados ex profeso qué cuadros debemos ver, qué lugares debemos visitar y qué posturas sexuales debemos practicar si no queremos que nuestras vidas sean un completo fracaso.

El libro que tendría que venderse (en vez de éste que antirreseñamos) debería ser uno titulado 1001 LIBROS QUE NO DEBES LEER DE NINGUNA DE LAS MANERAS SI NO QUIERES QUE LOS PODERES FÁCTICOS TE MANGONEEN A PLACER Y SE RÍAN ENCIMA DE LO TONTO QUE ERES POR HACERLES CASO.

Puede que algún día nosotros mismos nos decidamos a escribir tal libro. Sería algo así como el evangelio de los lectores inconformistas.




Cómo acaba «El Conde de Montecristo»




Contemos el argumento
de «El Conde de Montecristo»,
esa novela famosa
de Dumas padre (que el hijo
es otro autor, que se llama
igual, para armar el lío).
Aseguran que esta obra
es un libro preciosísimo,
aunque no falta quien diga
que es, en verdad, un ladrillo,
pero yo les juro que
no tiene ni un solo ripio,
—porque es que está escrito en prosa—
y que no es ningún pestiño.

¿De qué va? Pues de venganzas
a tutiplén, de presidios,
de naufragios, de piratas
y otros temas topiquísimos,
pero sobre todos ellos
el punto que está en litigio
es si es mejor el amor
o el dinero en efectivo.

Un tal Edmundo Dantès,
que es capitán de navío,
se dirige raudamente
hacia el puerto marsellino
(yo ya sé que ‘marsellés’
es el término preciso,
pero me he visto obligado
a cambiar el gentilicio
porque, si no, no rimaba
ni con cola). Proseguimos.

Este Edmundo —les decía
tan sólo hace un momentito—
es apuesto como Adonis,
guapete como Narciso,
fuerte, recio y musculoso,
bastante hercúleo y macizo
y, además, muy elegante
(porque en el Romanticismo
ser un héroe de novela
llevaba todo esto implícito).
Era todo un triunfador:
se había hecho bastante rico
con el comercio y tenía
un proyecto esponsalicio
con una chica que estaba
más buena que un embutido,
que se llamaba Mercedes,
un cuerpo sin desperdicio
que tenía todas sus cosas
muy bien puestas en su sitio.

El futuro le pintaba
muy bien a nuestro Edmundito.
Pero, ¡ay!, como pasa a veces,
fue a intervenir el Destino,
que suele, con gran frecuencia,
sacar las cosas de quicio.
Tres compadres de Dantès
le traicionaron de fijo
para quedarse sus cuartos
con un financiero lío.
¡Con compadres de esa clase
no te hacen falta enemigos!
Le acusaron de ser bo-
napartista convencido
y como ser eso estaba
por entonces muy mal visto,
el bueno de nuestro «prota»
se vio a su pesar metido
en la cárcel de una vez,
sin perderse el tiempo en juicios.
Sus delatores se hicieron
con todos sus dineritos,
que se gastaron de un golpe
entre enorme regocijo.

El infeliz de Dantès
pasa tres años cautivo;
cuatro, preso; uno, encerrado,
y otros dos más en presidio
en un calabozo infecto
en la isla de If, un sitio
nauseabundo y repelente
que está más lejos que Pinto
y concretamente en medio
de las aguas del Pacífico.

(Bueno, en realidad, la isla estaba en el Mediterráneo, pero ya saben ustedes que tengo algunos problemas con la rima y que por ello me veo obligado a cambiar algún nombre que otro.)

La cárcel le sienta mal,
señores, a nuestro chico,
por el hambre, que a los presos
no les sirven langostinos,
ni calamares, ni pulpo
ni gambas de aperitivo,
sino serrín con arroz
y cachos de pan podrido,
por lo que el pobre recluso
pronto pierde el apetito.

Dantès las pasa canutas:
tiene miedo, tiene frío,
tiene chinches en el catre,
amén de otros muchos bichos.
Se desespera, se muerde
los puños, pega alaridos
con los que se desgañita,
llora, ríe, da saltitos
(por más que para los saltos
el espacio es reducido,
ya que aquella celda tiene
metro y medio de perímetro),
comienza a desesperar
cuando se acaba el dentífrico
y, para pasar las horas,
se pone a hacer logaritmos
en los muros de la celda
utilizando un clavito.
Al cabo de cierto tiempo
empieza a perder el juicio,
padece alucinaciones,
tiene fiebres con delirios
en los que ve a Bonaparte
yéndose al Congo en triciclo;
en fin: que si no está ya
loco, le falta poquito
y no le queda otra opción
que intentar un buen suicidio.

Entonces sucede algo
que cambia todo. ¿Lo digo?
Pues lo que ocurre de pronto
es que Dantès oye un ruido
(un gemido lastimero
cantado en fa sostenido)
en el muro. ¡Al otro lado
alguien hace un orificio!
Edmundo agranda el bujero
y se encuentra de improviso
con un abate, que cava
para llegar a algún sitio.
Es un hombre ya mayor;
¿qué digo mayor?: ¡viejísimo!
y que está hecho un gran cascajo,
pues le invade el reumatismo
y muchos diversos males
que le tienen hecho cisco,
que sufre de fiebres varias
y del baile de san Vito,
que padece de epilepsia,
está hecho polvo del hígado,
está hecho migas del bazo
y, además, está cardíaco,
por lo que es de suponer
que no va a vivir tres siglos.

Este abate, que se llama
Faria (no sé su apellido)
revela que en un islote
tiene un tesoro escondido
con el que Dantès podrá
vivir mejor que un obispo.
Tras contarle eso, se muere
como es lo característico.
Edmund decide fugarse,
harto ya de hacer el primo,
y lo consigue, por fin,
socavando un pasadizo.
saltando por la ventana,
tirándose a un precipicio
y cruzando a nado el piélago
sin hacer ningún cursillo
de natación. ¿Cómo logra
cosa tal? Está clarísimo:
es un héroe de novela,
como ya antes hemos dicho.

Resumiendo: unos piratas
se lo encuentran de improviso
y le ofrecen un empleo
en que libra los domingos.
Tras múltiples peripecias
que llenarían diez libros,
Dantès consigue encontrar
aquel tesoro magnífico
que le dijera el abate
y, al verlo, le da un vahído,
pero pronto se repone
y forja un plan, decidido
a encontrar a sus captores
y pasarles el recibo.

Se tira un mes en la isla
pensando un nombre ficticio
para lograr, de este modo,
pasar desapercibido.
Se decide, finalmente,
apodarse Montecristo
que es un nombre que no existe
pero que es muy pegadizo,
parece bastante exótico
y suena bien al oído.
Con el nombre y los millones
regresa de tapadillo
con el propósito claro
de buscar a esos malditos
y darles de puñaladas
entre el cuello y el ombligo
o, si no tanto, arruinarles
de un modo definitivo.

Nada más volver a Francia
se pone ciego a marisco,
compra una mansión lujosa
y un moderno tocadiscos
(no ignoro que aquí cometo
un tremendo anacronismo,
pero es que no soy perfecto,
como ustedes ya habrán visto).
Para alcanzar la venganza,
contrata a un montón de esbirros
y les envía a que espíen
y le cuenten lo que han visto
sobre aquellos sinvergüenzas
que le enviaron a presidio.
A bote pronto se entera
de que ha estado haciendo el chivo,
pues Mercedes se ha casado
con su mayor enemigo
y con el cual ha engendrado
un hijo ya crecidito.
¡Oh, dolor! ¿Qué hará ahora Edmundo?
¿Chincharse? ¿Pegarse un tiro?
¿Raptar a su antigua amada
o meterse a capuchino?

Pues si yo aquí revelara
todo lo que Edmundo hizo,
si contara como se
vengó de los susodichos,
si les dijera qué fórmula
usó para su castigo,
de qué medios se valió
para volverles mendigos,
esto sería un «spoiler»
y no sólo un anticipo.
El propósito, señores,
de estos versos tan bonitos
no es ahorrarles la lectura,
que eso sería ridículo.
Por contra, lo que pretendo
es que les pique el mosquito
de la intriga y que devoren
de cabo a rabo este libro.
Así es que no cuento más:
si quieren saber qué hizo
Edmundo para vengarse
de esos canallas cernícalos
busquen la novela y léanla:
es un consejo de amigo.