El padre del hijo pródigo





       (Sala en una casa judía, habitada por judíos pudientes. Adornos y lujo. En escena Samuel, un hombre ancianísimo, vestido con ricos ropajes. De pronto se abre la puerta y aparece en ella un porquerizo cochambroso y harapiento, el Hijo pródigo, al que apodamos así porque nadie supo nunca cómo se llamaba. O, al menos, no lo sabía San Lucas, que fue quien contó la historia.)
           
            Samuel.—(Mirando hacia la puerta, con sorpresa.) ¡Esas narices...! No me lo puedo creer. (Reconociendo al recién llegado.) ¡Hijo de mis entrañas!
            El hijo pródigo.—(Con un tono más falso que Judas Iscariote.) ¡Padre adorado! (Se abrazan. El viejo empieza a llorar.)
            Samuel.—¡Hijo mío, hijo mío!
            El hijo pródigo.—(Con frialdad.) Padre, me estás mojando la túnica y es la única que tengo.
            Samuel.—Es por la alegría de verte. ¡Tantos años...! Pero, ¡qué mal aspecto tienes!
            El hijo pródigo.—La vida... Ya sabes. (Le aparta de sí.)
            Samuel.—¿Y has vuelto?
            El hijo pródigo.—(Sin prestarle mucha atención y echando un ojo a la habitación, como tasando los muebles.) Claro que he vuelto, ¿no me ves?
            Samuel.—(Enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.) ¡Qué júbilo tan grande!
            El hijo pródigo.—He venido en cuanto he sabido la triste noticia.
            Samuel.—¿Qué noticia?
            El hijo pródigo.—Pues ésa: la triste noticia.
            Samuel.—No te entiendo, pero es igual; desde que te fuiste todas las noticias fueron tristes para mí. Abandonaste nuestro hogar y a tu familia. Te fuiste a tierras lejanas a vivir en el libertinaje.
            El hijo pródigo.—Tanto como en el libertinaje...
            Samuel.—Eso me dijeron los que supieron de ti.
            El hijo pródigo.—No tenías que haberles hecho caso. Es que la gente es muy mala y le gusta malmeter. Y hay algunos tan puritanos que a tomar dos veces café ya lo llaman libertinaje.
            Samuel.—Me dijeron que frecuentabas la compañía de malas mujeres.
            El hijo pródigo.—Es que las malas mujeres, al final, te acaban saliendo más baratas que las mujeres honradas, padre.
            Samuel.—Me pediste cuentas. Te llevaste tu parte de la herencia... Por cierto, ¿la invertiste sabiamente?
            El hijo pródigo.—Sí; no, bueno, es decir... no tuve mucha suerte, la verdad.
            Samuel.—Lo que importa es que ya has vuelto para no marchar jamás.
El hijo pródigo.—Eso parece el cantable de una romanza de zarzuela.
Samuel.—¿Ya no abandonarás nunca a tu anciano padre, no es así?
            El hijo pródigo.—Esto... Sí, puede decirse que me quedaré ya a tu lado hasta que te mue... todo el tiempo. Por cierto, ¡qué bonita alfombra!
            Samuel.—¡Qué alegría! ¿Y qué más me cuentas?
            El hijo pródigo.—Hay algo que debo decirte. (Hablando de carrerilla y en tono monótono, pues se ve que son unas frases que tiene ensayadas:) Padre: pequé contra el cielo y contra ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo; trátame, pues, como a uno de tus jornaleros.
            Samuel.—No hacía falta que lo dijeras, pero reconozco que te ha salido muy bien. Doy las gracias al cielo que me ha devuelto a este hijo perdido. Estuviste muerto y volviste a la vida.
            El hijo pródigo.—Muerto exactamente, no: sólo tuve la tosferina. Pero ya me curé.
            Samuel.—(Mirando al cielo.) ¡Gracias, Señor!
            El hijo pródigo.—(Aparte. Contemplando a su padre con ojo clínico.) Me han informado bien. Mi padre no dura ya ni una semana. He sido muy oportuno en volver a recoger todo lo que deje. No le quedan ya ni dos pregones. (Alto.) Entonces, padre, ya no estás enfadado conmigo por haberme marchado.
            Samuel.—Mi corazón sabe perdonar.
            El hijo pródigo.—Y aquello que me dijiste cuando me fui... ya sabes: lo de que me desheredabas, ¿lo dirías en broma, no es así?
            Samuel.—Lo dije muy en serio.
            El hijo pródigo.—¡Vaya!
            Samuel.—Pero ahora mi enfado se ha apagado; sólo siento amor por el hijo que vuelve al redil.
            El hijo pródigo.—(Aparte.) ¡Menos mal! (Alto.) ¿Podemos, pues, dar por acabada aquella disputa entre un padre y su amante hijo?
            Samuel.—¡Acabada!
            El hijo pródigo.—¿Y me firmarás un papelito? ¿Un papelito donde diga que me desrepudias y que vuelvo a ser tu heredero?
            Samuel.—Lo haré de mil amores, porque tu vuelta ha alegrado mis días.
            El hijo pródigo.—Entonces, ¿puedes firmar eso ya, para quitarnos de encima ese delicado asunto y pasar a otras cosas?
            Samuel.—Sí, pero ya habrá tiempo. ¿No querrías antes comer alguna cosa? Me dijeron que te alimentabas de algarrobas. ¿Es eso cierto?
            El hijo pródigo.—Sí, pero, las algarrobas son muy buenas para la salud. Tienen muchas proteínas, además de calcio, hierro y fósforo. Anda, firma.
            Samuel.—¡Tengo una idea! ¡Esta noche podemos hacer un cabrito asado en tu honor!
            El hijo pródigo.—No te molestes en  hacer el cabrito, padre. No tengo nada de hambre. He picado algo por el camino. Fíjate, aquí, encima de la mesa hay papel, pluma y tinta.
            Samuel.—¿Y una fiesta? ¿Te apetece que hagamos una fiesta para celebrar tu regreso? Habría música, bailaríamos...
            El hijo pródigo.—Padezco de enoclofobia, padre.
Samuel.—Ya sabía yo que las malas mujeres no te traerían nada bueno.
El hijo pródigo.—No es lo que estás pensando. Mi enoclofobia significa que no aguanto a las gentes ni a las aglomeraciones.
Samuel.—¡Ah!
El hijo pródigo.—Venga, acaba ya con el papelito dichoso.
            Samuel.—¡Voy! ¿Y no querrías asearte un poco?
            El hijo pródigo.—Si no estoy sucio.
            Samuel.—Perdona que te corrija, hijo querido, pero despides un olor tal que cualquiera que te oliera te tomaría por un fariseo.
            El hijo pródigo.—Ya me bañaré más reposadamente, padre. Mira, siéntate aquí: estarás más cómodo para escribir. Yo te mojo la pluma, si quieres.
            Samuel.—¡Qué amable! Siempre fuiste el preferido de mis dos hijos.
            El hijo pródigo.—(Apremiándole.) Sí, sí, muchas gracias. Ahora escribe.
            Samuel.—(Sentándose y disponiéndose a escribir el testamento.)  «Yo, Samuel, hijo de Neftalí y nieto de Aser, de la tribu de Leví...» ¿‘Dispongo’ lleva hache intercalada?
            El hijo pródigo.—(Impaciente.) ¡Pero cómo va a llevar hace intercalada!
            Samuel.—Pues a mí me suena que sí la lleva.
            El hijo pródigo.—(Irritado.) ¡Bueno, pues entonces ponla, pero date prisa!
            Samuel.—(Escribiendo.) «Dhispongo que toda mi fortuna...» ¡Huy! He echado un borrón.
            El hijo pródigo.—No importa, tú sigue.
            Samuel.—Sí que importa, que la tinta se puede correr. Voy a por papel secante. (Samuel hace mutis, llevándose en la mano el documento. El Hijo pródigo se pasea nervioso por la estancia. Se fija en unos candelabros de oro.)
            El hijo pródigo.—¡Hum...! Estos candelabros deben de valer un montón. (En la puerta aparece su hermano, Isaac.)
            Isaac.—(Con malos modos.) ¿Qué haces tú aquí?  (El Hijo pródigo se queda patidifuso al verle.)
            El hijo pródigo.—¡Isaac, estás vivo!
            Isaac.—Y tú eres un vivo. (Burlándose.)  El hijo pródigo... (Pensativo.) Por cierto, que ese nombre está muy mal puesto, ya que ‘pródigo’ significa «generoso» y tú eres todo lo contrario.
            El hijo pródigo.—Alguien me informó de que habías muerto.
            Isaac.—Pues te informó mal. Te has debido de confundir con un vecino de aquí cerca que sí se murió y que se llamaba como yo.
            El hijo pródigo.—¡No es posible?
            Isaac.—¿Que no? ¿Tú sabes cuánta gente se llama Isaac en este pueblo? Casi no cabemos todos.
            El hijo pródigo.—(Con un tono de gran frustración.) Pues no sabes cómo lo celebro.
            Isaac.—No te creo una palabra.
            El hijo pródigo.—¿Es que no te alegras de mi regreso, hermano?
            Isaac.—¿Alegrarme? Al llegar os he oído hablar. Conque iba a asar un cabrito para celebrar tu vuelta, ¿no es así? ¡Miren al señorito! Yo llevo veinte años trabajando el campo como un borrico y obedeciendo en todo a nuestro padre, que está insoportable por la edad y nunca me deja asar ni un pollo, no digamos un cabrito, ni siquiera en mi cumpleaños. Es un tacaño de marca mayor. Y ahora llegas tú con tus manos limpias y... (Mirándole.) bueno: eso de las manos limpias lo he dicho por la velocidad adquirida. El caso es que... (Se oye entonces un gemido lastimero que proviene del interior. Ambos corren hacia dentro y, tras una larga pausa, vuelven a aparecer en escena. Isaac lleva el documento en la mano.)
            Isaac.—¡Padre ha muerto!
            El hijo pródigo.—(Consternado.) ¡Ha muerto!
            Isaac.—Le llegó su hora. Era muy anciano. Vivió una larga vida y ya sólo queda recordarle con amor y honrar su memoria.
            El hijo pródigo.—¿Y el testamento?
            Isaac.—Aquí lo tengo.
            El hijo pródigo.—(Esperanzado.)  ¿Lo firmó?
            Isaac.—(Leyéndolo con detenimiento.) Parece ser que sí.
            El hijo pródigo.—¿Me deja como heredero?
            Isaac.—(Leyendo.) Efectivamente.
            El hijo pródigo.—(Contento.) Entonces mi regreso no ha sido en vano.
            Isaac.—Yo no estaría tan seguro. (Isaac rompe el testamento en pequeños cachitos, mientras el Hijo pródigo pronuncia la frase que todos estábamos esperando.)
            El hijo pródigo.—Si lo sé, no vengo.
TELÓN
           

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