Hitler, la historia de un malo















Como hay gentes en el mundo
que preguntan: «¿Quién fue Hitler?»
a causa de que padecen
una ignorancia sin límites
por haber hecho la ESO,
no está de más que yo explique
quién fue el Director gerente
del gremio de matarifes,
ése que destrozó Europa
por una cuestión de lindes.
¿Cómo logró ser tan malo,
teniendo cara de chiste?
No me negarán ustedes
que eso es algo muy difícil
para lo que se precisa
ser un verdadero artífice.
Pero Adolfo lo logró
porque el hombre que persiste
en cualquiera actividad
años y años consigue
ser en ella un gran experto,
como desde aquí hasta Chile
En eso de ser muy malo
fue un pirata del Caribe,
con un corazón más frío
que un día de enero en el Tíbet.
Y Hitler era alemán
—austriaco— y serlo consiste
en insistir mucho en todo
hasta conseguir tus fines.
Empecemos la semblanza
de este gigante alfeñique,
pues han de saber que era
muy bajito: un metro quince,
hecho que le hizo ahorrar mucho
al llevar la ropa al tinte.
Ya desde muy pequeñito
no destacó por humilde:
quería ser el rey del mundo
y otros planetas limítrofes.
Cuando no le obedecían
se llevaba un gran berrinche,
soltaba un taco germano
y se metía en su escondite
a poner en una lista
todos sus futuros crímenes,
que pensaba de antemano
para evitar que se olviden.
Ya de niño era maniático:
tenía por mascota a un buitre;
en comer era más sobrio
que una abadía del Císter;
se planchaba él sus camisas
e incluso los calcetines;
era, además, muy cotilla
y le pirraban los chismes;
capturaba cucarachas
y las ponía a hacer desfiles;
estuvo a punto una vez
de tatuarse en la ingle
una frase que dijera
«¡Abajo los bolcheviques!»
(aunque su madre le dio
un porrazo en las narices
que le hizo dar varias vueltas
como si fuera un derviche)
En fin, su carácter era
más oscuro que un eclipse,
una mina de carbón
o un habitante del Níger.
En su vida laboral
tuvo el oficio del líder.
Huyó del imperio austriaco
para evitarse la «mili».
Se hizo miembro de un partido
ultraderechista y pigre
y al poco se convirtió
en el amo del bochinche
y en un gran imitador
de Benito Mussolini.
Reformó el partido nazi
y se hizo amigo de Himmler,
Goehring, Goebbels y otros muchos
que se hicieron sus compinches
y a los que mandó a placer,
como si fueran sus títeres.
Allá por el treinta y tres
y tras la muerte de Hinden-
burg (el que era presidente),
Adolfo se nombró Führer
o caudillo de Alemania.
Dictó las leyes de Núremberg
y ya se volvió más facha
que la Asociación del Rifle.
Tuvo muchos seguidores,
fanatizó todo quisque,
entusiasmaba a las masas
siempre a base de faringe,
dando unos discursos largos
en que rugía como un tigre
y prometía los oyentes
un porvenir invencible,
un futuro reluciente,
un destino muy sublime
en el que los alemanes
vivirían como príncipes,
nunca pasarían penurias,
nunca cogería la gripe
y le saldrían tirados
de precio los comestibles.
La gente se lo creyó
—y es que los hay «imbeciles»—
y le dejaron hacer,
con lo que el bueno de Hitler
se hizo el amo y acabó
mandando más que un Pontífice.
Su política exterior
fue principalmente irse
quedando con toda Europa,
desde Noruega hasta Chipre,
y, tras invadirla, man-
gonear como un cacique,
matar a quien le caía
gordo, organizar desfiles
llenos de soldados con
unos trajes muy horribles,
usar a los prisioneros
para hacer con ellos chicle,
gastar millones de marcos
en bombas y proyectiles
y obligar a todo el mundo
a leer a Goethe y a Schiller.
Esto último no lo aguantan
una serie de países
y se arma una tremenda
guerra mundial, que se dice
que quizá fue la segunda
(si es que al contar no se omite
aquella Guerra Europea
de trincheras y de chinches).
A partir de aquí, señores,
ya sólo queda decirles
que ambos bandos se zurraron
todo lo que fue factible
y Hitler y sus muchachos
vieron llegar su declive,
sufrieron grandes derrotas,
muertes, heridas y esguinces.
Al final, nuestro caudillo,
al mirar cómo se extingue
el Tercer Reich, cómo llega,
después del sol, el eclipse,
tras la grandeza el ridículo
y tras del triunfo el chiste,
se deprime y se amojama
y queda al borde del síncope,
por lo que al fin se suicida
para evitar que le trinquen.
En un búnker de alquiler
(que precisa que lo pinten
porque está hecho una cochambre)
transcurren sus horas tristes.
Adolfo se hace a la idea,
coge aire, se desciñe
la pistola de la funda,
se la pone en las narices
y allá que se descerraja
tres tiros en el tabique
nasal (¡se lo merecía,
por malo! ¡Que se fastidie!)

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