«Alejandro Magno», de Oliver Stone (2004)





Un señor que mató mucho
y mató bien fue Alejandro
Tercero de Macedonia,
conocido como «Magno»
(nombre que muchos pronuncian
mal y convierten en «maño»,
un rey con toda la barba
de hace la tira de años
que era hijo de Filipo,
otro rey bastante guarro
que no se lavaba nunca
y te daba mucho asco
pero que pese a esta falta
—que Zeus le haya perdonado—,
unificó toda Grecia
y a sus ciudades-estado
y fue un monarca, en resumen,
que estuvo entre bueno y malo.

La existencia alejandrina
la había contado Plutarco,
un historiador que es-
taba en todos los fregados,
pero su clásica prosa
te dejaba amodorrado
por lo que es mucho mejor,
más eficaz y más sano
ver el filme que hizo O-
liver Stone hace años
(si no recordamos mal
fue allá por el dos mil cuatro)
en que se muestra en cine-
mascope la vida y milagros
de este caudillo que quiso
ser el amo del cotarro
y dominar todo el mundo
de Macedonia hasta Laos
como mínimo, y no pudo,
aunque anduvo un rato largo
conquistando a unos y otros
y cargándose a unos cuantos.
Stone, que es un rato listo,
hace un bonito sumario
de su vida y reflexiona
sobre el poder, que es muy malo
y corrompe en un decir
Jesús hasta al más pintado.

Pasemos, sin perder más
tiempo a hablarles del muchacho.
Como era muy revoltoso
y enredador, le expulsaron
enseguida del colegio
de los padres escolapios.
Fue entonces cuando Filipo,
por ver de enseñarle algo,
por por desborricarle un poco
y que fuera menos asno,
le puso de preceptor
a Aristóteles, el sabio,
que hizo el hombre lo que pudo,
lo que no fue demasiado.

Le enseñó a blandir la espada,
el chino y el esperanto,
equitación, arquería,
crochet y a bailar el tango,
mas no consiguió que abriera
jamás un libro ni harto
de vino, que los estudios
se la traían al pairo,
por lo que jamás logró
sacarse el Bachillerato
y nunca supo de cierto
si dos y dos eran cuatro.

Tras la muerte de su padre,
Alex reinó trece años
(que son cincuenta y seis mil
novecientos días y un rato),
pero se aburrió enseguida
del jolgorio cortesano.
Él quería algo distinto
y un tiempo estuvo dudando
entre conquistar el mundo
o bien poner un estanco.
Al final se decidió
por hacerse con el vasto
territorio de los persas,
ya fuera entero o a cachos.
Reunió a sus soldados, hizo
la maleta, puso al mando
de sus dominios en Grecia
a un amigo suyo, Antípatro
(que pese a lo que esto pueda
sugerir, no era antipático)
y se fue a comerse el mundo
como si fuera un lenguado
al Grand Marmier, por ejemplo,
u otro suculento plato.

Cuando llegó al Helesponto
—un estrecho muy mojado
que está allí, en el mar Egeo—
fue y se lo cruzó de un salto.
Hizo una parada en Troya
para colocar un ramo
de flores sobre el sepulcro
de Aquiles, su héroe adorado,
y para ponerse me-
dias suelas en los zapatos.
Luego siguió su camino
hacia territorio asiático.
(No hemos dicho que antes de eso
también se había parado
una semanita en Jonia
a que le hiciera un retrato
Apeles, que era un pintor
que te sacaba muy guapo,
que cobraba un precio módico
y podías pagarle a plazos.)

Ganó unas cuantas batallas:
la de Issos, la de Gránico,
la de Gangamela y otras
de nombres aún más extraños.
Se apoderó de metrópolis,
de polis y de poblachos
e hizo pasar a cuchillo
a sus sátrapas y sátrapos,
y emprendió tantas conquistas
que al final no daba abasto.

Se encontró a las amazonas
bañándose en el mar Caspio
y no le gustaron nada,
que eran todas marimachos.
A los persas les zurró
la badana, dio lanzazos
hasta hartarse y no paró
hasta que estuvo cansado.
Fundó setenta ciudades
—lo que no es moco de pavo—
con sus casas y jardines,
aeropuertos y palacios,
sus ágoras y sus bingos,
y sus respectivos campos
de fútbol, lo que demuestra
que era todo menos vago.
Y como el hombre no era
muy modesto, que digamos,
llamó Alejandría a cincuenta,
por lo que siempre ha costado
distinguirlas, porque acabas
más mareado que un pato.

De su vida personal
hay que dar algunos datos.
Era devoto de Zeus,
pero mucho más de Baco,
lo que quiere decir que
pasaba el día dando tragos
o, como suele decirse,
bebía como un cosaco
y le daba sin cesar
al vino tinto y al blanco
desde que la blanca aurora
despuntaba hasta el ocaso,
por lo que no es de extrañar
que fuera siempre borracho.

Se casó un montón de veces.
Vamos, que se hizo un serrallo.
Pero a sus muchas mujeres
no les hacía ningún caso
por dos razones sencillas:
que se había desposado
por política y que él
prefería a los muchachos,
sobre todo, si eran griegos
y estaban bien educados,
porque a ellos no tenía
que colmarles de regalos
como a sus muchas esposas
y le salían más baratos.

Hemos de reconocer
que tenía mucho gancho
y fue un jefe popular
entre todos sus soldados,
pues se sabía de memoria
todos los nombres de cuantos
iban con el: Filoctitos,
Epiglotas, Profilatos,
Caliponcios, Octaedros,
Pírulo, Lípido, Sápalo,
Escrúpulos, Karamelos,
Mistroncios y otros palabros
rarísimos que aprendérselos
era un follón del diablo.

Prácticamente vivía
a lomos de su caballo
y no se bajaba de él
ni para ir al lavabo.
Allí pensaba estrategias,
contrataba mercenarios,
despachaba sus asuntos
con todo el generalato,
allí dormía la siesta
y tenía su despacho.
Mas de estar siempre subido
al jaco, se le hizo un callo
en un lugar que nosotros
—por buen gusto— nos callamos.

Tras derrotar a Darío
y mandarle al otro barrio,
el ejército propuso
tomarse un año sabático
y gozar de los tesoros
que se habían agenciado
con el sudor de su frente
y a base de dar trompazos.
Alex les dijo que nones,
que tenía planeado
ir de un tirón a la India
a pasar allí el verano.
Pero los soldados griegos
estaban ya muy quemado
y además, eran muy pocos,
que se habían quedado en cuadro.
Dijeron a su caudillo
que estaban bastante hartos,
que la India estaba más lejos
que Trinidad y Tobago,
que, por lo que se decía,
allí solo había tábanos
y que se volvían a casa
sin parar ni en los semáforos.

Aunque aquella rebelión
le dejó muy cabreado
y con ganas de mandar
a todos a freír espárragos,
a Alex no le quedó otra
que volverse con el rabo
entre las piernas a Grecia
(este episodio es un clásico).

La cosa no fue tan fácil,
pues al tomar un poblado
inmundo de cuatro casas,
le atizaron un flechazo
que no le sentó muy bien
y que lo dejó planchado.
No sólo esto: al poco tiempo
de este suceso nefasto,
en un festín le sentó
como un tiro un comistrajo
(y no faltó quien dijera
que se lo habían cargado
usando el procedimiento
típico del jicarazo).
El caso es que al día siguiente
estaba en el catafalco.

Esa noche, cuando estaba
ya moribundo, pasaron
para despedirse de él,
uno a uno sus soldados,
con que su tienda se puso
llena de olor putrefacto
(que ustedes no se imaginan
como huelen los sobacos
de los soldados que llevan
un lustro sin darse un baño)
y esta visita acabó
de rematar a Alejandro.

Cuando la gente escuchó
lo de su muerte en la radio,
se armó un revuelo imponente,
sobre todo, entre los diáconos,
unos generales que
acabaron a guantazos
al no ponerse de acuerdo
a la hora del reparto
del imperio alejandrino,
que se hizo mil pedazos.

Aquí se acaba la historia
de un hombre que hizo más daño
que diez elefantes en
una tienda de cacharros.
Su vida inspiró a un montón
de otros hombres sanguinarios
que, por conseguir poder, a-
sesinaron a destajo
y con tremenda eficacia,
como, por ejemplo, a Napo-
león Bonaparte y a César,
a Mussolini y a Franco,
y a Adolfo, el del bigotito,
por mencionar a unos cuantos.

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